Aquí tienen al personaje del barrio. Paulín era famoso por su simpatía, su buen humor, su cordialidad y sus deseos de ayudar a todo hijo de vecino en lo que pudiera. Entre sus muchos oficios, ejerció el de tratante de ganado y, pese a no saber leer ni escribir, se manejaba perfectamente con sus cuentas, porque según parece llevaba una calculadora natural debajo de la boina. La foto está tomada ante el bar La Parrita, donde jugaba diariamente su partidita de mus con otro famoso: Bolibar. Paulín sonríe al fotógrafo, con su gesto bonachón, su café con leche en vaso y su farias.En aquellos años, en que la falta de agua corriente, exigía la instalación de fuente públicas, alguna de estas se construyeron con artísticos trabajos de fundición. He aquí una de ellas, luciendo el arte de sus relieves y su ánfora instalada en la campa del Morro.Un «famoso» de nuestro Santuchu. El popular Arcocha en la puerta de la zapatería Osa.Junto a la casa que construyó en el siglo pasado, vemos la figura respetable de D. Ramón Aristondo. D. Ramón pasó a la historia, pero queda ahí, a su derecha, la casa donde la familia tuvo una tienda de ultramarinos y, posteriormente, una taberna. Ha cambiado ya el tiempo, la decoración y quizás la calidad del vino, pero sigue manteniéndose en la veterana casa la tradición de la taberna. ¿Hasta cuándo? El tiempo lo dirá.Aún no ha llegado la motorización al barrio y el «Alfa Romeo» de Paulino Garay es el único vehículo que circula por la calle, con su simpático motor de avellana. Los chiquillos la gozan paseando en el carricoche con Paulina. El único que no está de acuerdo es el pequeño, que protesta ruidosamente, para que nadie dude de su opinión.Un personaje popular en el barrio era el barquillero Joaquín. Ahí le tienen con un grupo mixto de clientes, llevando al hombro toda su industria y su comercio, el bombo pintado de rojo, con el clásico «slogan» que decía: «Vivan mis parroquianos», y una estampa de la iglesia de San Antón pintada al óleo por algún voluntario con más entusiasmo que arte.Nació en Alaejos (Valladolid) en 1885. Se casó dos veces y enviudó otras tantas. Tuvo tres hijos, que fallecieron. Se dedicó al mercado porcino hasta que el fallecimiento de su segunda esposa lo llamó por la vía de la penitencia. Repartió su fortuna, se quedó con lo indispensable para ir tirando y emprendió su vida de anacoreta, instalándose desde el año 1912 en un horno de Begoña que le sirvió de vivienda, de ahí su nombre de penitente, que forma parte de la historia del barrio y aún de la historia popular de Bilbao: «El santo de Begoña». Murió «con las botas puestas» en la calle del Príncipe, pero dejó un recuerdo de bondad que aún perdura. Ahí lo tienen en la fotografía, rezando junto al horno que le sirvió de morada.Quizá para desmentir su fama de «asustador de niños» (la verdad es que los chavales le teníamos miedo), el bueno de Betolaza, el «chiva» (guardia municipal) de Begoña, posa para la historia junto a ese chiquillo que luce una sonrisa alegre y confiada. Sonrisa que choca un poco con el gesto de «guardia» que tiene «Milinguis», apodo popular de este probo y cumplidor agente de la ley, al que el fotógrafo no pudo cazar de uniforme y se tuvo que conformar con perpetuar su efigie de paisano.